Messi y la gastronomía

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Soy un tipo de pocos placeres. Soy de esos que puedes comprar con una buena colección de libros, de discos de vinilo o de películas clásicas. Me gustan los callejones estrechos en las ciudades viejas, las postales en blanco y negro, los poemas de Benedetti. Me gustan mucho pocas cosas, pero sobretodo me gustan dos; me gusta comer bien y me gusta el fútbol. Por eso será que el domingo de almuerzo familiar y liga es mi día santo de la semana.

El fútbol y la gastronomía tienen tanto que ver la una con la otra. En ambas, a veces 90 minutos no son suficientes y a veces con 45 quedamos hastiados. Un buen partido es como un plato. El público es como su presentación, las ocasiones creadas, los cruces limpios, las salvadas y los goles los ingredientes. Por supuesto, los jugadores son los chefs.

Yo no se ustedes, pero yo desde 2009 he complementado las tapas de papá y el pasticho de mamá con los regates y goles de Messi. Si la gastronomía es un complemento perfecto del fútbol, lo que él hacía con los pies era digno manjar de dioses del Olimpo. El gusto de comer bien era el gusto de ver jugar a Messi. Era ese almuerzo que te deja perfectamente saciado, que no necesitas de postre y que se sirve con el mejor vino de la casa. Ver jugar a Messi – y te lo dice un madridista – sabía gloria.

El problema – tanto con la gastronomía como con el fútbol – es que una vez que sabes lo bueno que puede ser, no nos podemos conformar con menos. A Messi no le aceptamos que se le pase la cocción, abuse de la sal o le quede desabrido lo que nos sirve. Por 4 años nos diste la comida en su punto exacto, eras el puto Adriá Ferrá del otro placer de mi vida. ¿Cómo va a ser posible entonces que me brindaras ese huevo sin sal que hiciste durante mundial? No se si es que yo soy más exigente, si tengo el paladar más desarrollado, pero esperaba eso de todos menos de ti.

Comparado con lo que antes nos dabas, el mundial fue una pasta dura con ketchup y atún enlatado. Fue comida de cafetín y es por eso que yo me quejo. Si es verdad que no tenías equipo, que nadie te devolvía una pared y que las figuras de tu equipo estaban de la media para atrás. Pero para mi la intención y el amor que se le pone – tanto a la cocina como al fútbol – componen un elemento vital. Un huevo frito hecho con amor sabe a gloria. A lo tuyo le faltó mucho de eso por más solo que estuvieses.

Ya lo que pasó es agua bajo del puente pero ni el más férreo de tus defensores – ni siquiera tú mismo – puede argumentar con datos concluyentes, que lo que nos diste en Brasil, fue más que fútbol con sabor a desgano.

Espero sigas siendo el mejor acompañante de mis almuerzo los domingos, sinceramente.

Zeta

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