La vida perfecta de Helena Oropeza

La vida perfecta de Helena del Carmen es razonable. Tiene 2 perros, una oficina con vista a la montaña y una parrillera de ladrillo montado. Tiene una casa bien amoblada, cocina italiana y un jardín en donde poner a prueba sus habilidades de botánica. Tiene ensaladas entre semana y vinos chilenos los viernes y en las fiestas de guardar.

Tiene almuerzos corporativos y brunchs en el Caracas Country Club. Un marido con pantalones caqui y lentes oscuros. Un grupo de yoga y otro de pilates, las amigas del gimnasio. La vida perfecta de la señorita Oropeza tiene un carro del año, con asientos de cuero y cargador para el smartphone.

En la vida perfecta de Helena Oropeza hay una estantería llena de libros que le hubiese encantado tener el tiempo para leer y conocidos para compartirlos. Canciones que le hubiese encantado comprender, instrumentos que le hubiese encantado disfrutar. Hay sensaciones que le hubiese encantado sentir como la del sabor de un vino sin nombre, palabras de su mismo diccionario que jamás pudo pronunciar y los brazos de un amante sin nombre.

Hay museos que no logra recordar, artistas que no logra descifrar y sabores que no logra diferenciar. Hay todo a lo que una mujer de su status puede aspirar y aquello a lo que siempre aspiró y no pudo llegar. Hay síndrome del padre crítico. Hay besos repetidos en la puerta de su casa.

La vida perfecta de Helena Oropeza se debate entre la razón y la pasión.

Zeta

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